XIX Festival de narración oral

Verano de cuento

Certamen de relato corto 2018

 
El autoestopista

Hacer autostop nunca fue fácil, por eso hacía autostop. Las cosas difíciles nos diferencian de las cosas, y la carretera, por aquel entonces, era la cosa más importante del mundo. Exagero, cierto, pero quién no se guarda para sí un poquito de fantasía. No solía hablar demasiado con la gente que pisaba el freno y activaba el intermitente y se detenía en mitad de mi vida para que entrara en la suya. Me bastaba con explicarles adónde iba. Todos, de camino; así que la primera parte de la conversación giraba en torno a la meta o lugar de destino. Posteriormente, le tocaba el turno al tiempo. Todo el mundo habla del tiempo, meteorológico, como si viviéramos rodeados de sondas y cachivaches que miden formas que no vemos, pero que sentimos como el resto de los mortales, y eso nos iguala, y es un buen comienzo para establecer un marco de cordialidad con alguien al que no sabes qué puñetas decirle. Explicar la causa real de que mi dedo pulgar estuviera apuntando a las estrellas en el arcén de una carretera mal iluminada, con baches y en plena noche, era más complicado. A la gente le gusta sentirse segura, protegida, y eso de andar por ahí subiéndose en coches extraños, no es precisamente una actividad que podamos situar, alegremente, en el interior de una cámara acorazada en cuya puerta cilíndrica puede leerse: Lista de conceptos blindados al peligro. A menudo me remitía a los grandes viajeros, prestos a encontrar nuevos mundos desde que abandonaban los pañales, preguntándose por qué diantres no alejarse de la mierda. Conocer, tal era el sino del hombre. A veces colaba y el conductor asentía y conducía y los kilómetros pasaban y giraban a la derecha y a la izquierda, y tomaban nuevos caminos, sendas desconocidas que conducían, como ahora, a la autopista del pasado. La mayoría de las veces, me arrepentía de hacer autostop. A menudo olvidaba que los conductores son jefes, dictadores, los mandamases de sus cuatro ruedas; y tú, solamente un extraño, un folio en blanco que puede salir volando por la ventana, una sombra ataviada con ropa (nadie mete gente desnuda en un coche, porque nadie hace autostop en pelotas). Escuchar la vida de un tipo (estadísticamente solían ser tíos) al que no invitarías ni a un pitillo, es como despertar por la mañana al lado de una mujer con rabo. La mayoría de la gente cuenta su pasado como si trabajara en una telenovela y no le pagaran un duro.

Aquella noche me recogió una mujer que me doblaba la edad. Era lo suficientemente atractiva para reírle los chistes malos y lo suficientemente mayor para no contar chistes. El coche, un Yugo rojo Ferrari de 1994. Una patineta de cuatro ruedas con volante infantil, motor de cortacésped y ventanillas con tiradores manuales. Los yugoslavos eran unas máquinas jugando al baloncesto, pero haciendo coches eran una puta mierda. Tardamos hora y media en un trayecto de setenta kilómetros. La mujer me contó que estaba divorciada por razones que escapaban a la razón. No tenía hijos. No tenía animales en casa. Su padre había muerto las navidades pasadas. Un hueso de pollo. Semanas después, fallecía su madre. Un infarto. Encontró bajo la mesa de la cocina el hueso de pollo en descomposición. Y el perfil bueno de su marido tatuado en el hueso, como las caras de Jesucristo que aparecen en las paredes mohosas de pueblos católicos y remotos. Le pregunté si la gente puede morir de tristeza. La mujer hizo una parada. Me dijo que era demasiado joven para morir de tristeza, que cambiara de tema o me bajara del coche. La abracé. Me besó. Un vagabundo maulló. Los conductores de camiones de basura trabajan de noche, duermen mal o peor, y se les hace difícil diferenciar un gato de un vagabundo. Me bajé del coche. La amé para siempre.

Inocencio Javier Hernández Pérez