XIX Festival de narración oral

Verano de cuento

Certamen de relato corto 2018

 
La maceta

Javier entra en la casa con una mochila para la primera noche. Dos camisas, unos calzoncillos, calcetines, un móvil, su cargador y la maceta es lo básico para empezar a llamar hogar a esa casa. El resto lo traerá mañana con las luces del día.

Después de la experiencia en la residencia y en aquel piso de estudiantes compartido, necesitaba espacio para él solo y encontró la oportunidad en el periódico a un precio casi regalado. Sospechaba alguna estafa, pero la última discusión acalorada sobre la comida en la nevera, o más concretamente la falta de ésta, terminó de decidirle y descolgó el móvil.

Abre la mochila y coloca la ropa en el primer cajón, deja un ilusionante hueco que mañana se llenará. Pone a cargar el móvil y enciende la lámpara vieja que baila inestable sobre la mesilla de noche. Tiene una tulipa como la falda de una Menina y una cadena fina de la que tirar hacia abajo para encenderla o apagarla. La penumbra que deja traspasar aquellas enaguas llena y Javier mira su dormitorio. Es espacioso, con una ventana ancha que deja ver un muro de edificio y un trozo de cielo nublado de la ciudad. Ese es el lugar perfecto donde poner los cinco kilos de su maceta.

Al día siguiente, despierta temprano y comprueba que el sol acaricia su maceta terrosa. Recorre la luminosa casa y distribuye mentalmente el espacio para las cajas que va a traer. Suda la gota gorda subiendolas por una escalera destartalada. El edificio está completamente vacío, y él es su único habitante.

Celebra con unas pizzas el fin de la mudanza mientras anochece. Tiene que sacar los libros de Ingeniería para el examen que tiene en dos días. Los exámenes no esperan a nadie. Paladea la soledad, el silencio y pasa los dedos por la maceta llena de tierra.

Suspende ese examen y muchos otros, discute con sus amistades y va rompiendo con ellas, su familia ya no lo llama al móvil. Los días empiezan a hacerse largos, las noches eternas. Es entonces cuando ve un pequeño brote verde en la tierra oscura de la maceta. Es un brote tímido y frágil, cualquiera podría arrancarlo, romperlo, triturarlo. Y sin embargo, ahí está, con la esperanza y la misión de convertirse en árbol. Javier, por primera vez en meses, sonríe.

Compra más tierra. Más macetas. Más abono. Se queda casi sin dinero para comer y pagar el piso pero sigue regando. Regando esas macetas de la que salen cada día más plantas. Otro brote verde. Otra rama. Otra planta. Se van extendiendo por los muebles, reptando centímetro a centímetro y ocupando las habitaciones. Es increíble la terquedad de lo verde, su fuerza. Javier mira fascinado. Su ropa ahora siempre está manchada de tierra y algún jugo verdoso. Ya no va a la facultad. Ya no tiene amigos. Ya nadie lo llama.

Compra más. Y más. Y más verde.

Abre las ventanas al sol y al viento, aparta los muebles a un lado, llena el suelo de tierra, rocas, abono. Lo planta, lo riega y ve como los filodendros, las enredaderas, los caricari, los tajibo, las orquídeas, los mandrilos aumentan en tamaño y número. Deja la bañera abierta y crea un estanque y un rio desde el baño que pasa por el salón y cae por el patio interior creando una cascada. Todo es tierra, verde y vida. Los muebles son las ruinas de alguna antigua civilización que la naturaleza ha reclamado.

Se alimenta de los frutos, tubérculos y tallos. Los insectos y los pájaros hacen de su piso una nueva parada. Por la noche en su habitación vagamente iluminada oye el rumor de las hojas mecidas por el viento, el agua gorgoteando y los animales salvajes a lo lejos. Se desnuda, tira del cordón de la lámpara vieja apagando la penumbra y Javier se adentra en la espesura.

Han venido a buscarlo para que pague lo que debe, para que vacíe el piso y el edificio. Ya se han perdido nueve personas buscándolo y los sonidos de monos y jaguares no tranquilizan nada.

Néstor Bolaños Paz