XIX Festival de narración oral

Verano de cuento

Certamen de relato corto 2018

 

Mariana

Era una niña dulce, cálida como la noches de cuentos...que se llamaba Mariana. Mariana atenta, Mariana callada, Mariana pendiente de cada palabra. Orgullo de sus padres, ejemplo para sus amigos.

Cada mañana se asoma a la ventana. Olor a limpio de las cortinas, olor a tierra mojada en la calle. Sus amigos la esperan fuera con la pelota o con el patín, ella se retuerce de ganas por salir de allí. Al fondo la voz de su madre...

- "Mariana, la colada. Mariana la verdura...el potaje no espera. Y de juegos no se vive".

Se cierra la ventana, se abre el caldero. Un poco más de sal, voy a subir el fuego.

Por la tarde vuelve del colegio. ¡Qué suerte poder estudiar! Otras no lo consiguieron. Y coge el libro de la estantería, ese que lleva meses intentando terminar...

- "Eso no Mariana"- dice su padre. "El mundo no es fantasía. Heroínas y druidas con mejunjes...menuda bobería. Prepara la merienda de tu hermano, y luego echa un ojo a la geometría".

Se cierra el libro, se abre el pan y se unta mantequilla. Qué curioso es esto de intentar vivir sin molestar al que te mira.

Y por la noche Mariana se duerme, con un ojo abierto y otro cerrado. Tiene mil historias en la cabeza...pero no sabe cómo llevarlas a cabo. Quiere escribir, saltar, bailar y tener amigos. Pero no tiene tiempo de todo, no se puede cambiar el rumbo del destino.

Y la vocecita que le grita desde dentro: “Mariana corre...Mariana salta y respira. Que sólo una vez podrás vivir tu vida”.

Así cada noche, a escondidas, comienza a devorar historias de magos, de peces que hablan, del viento que camina, de la montaña que abraza sin fuego. Y ahí se siente ella: Mariana humana, Mariana tierra, Mariana viva, Mariana fuerte.

Una nueva mañana...se abre la ventana: olor a limpio, olor a calle. La voz de su madre...”Vete a por el pan”. Y a lo lejos alguien le sonríe...”te espero ya”.

Pasa la tarde...Mariana no ha vuelto. Todo en la casa está igual. Salvo las sandalias en su cuarto… y el libro que hace tiempo que dejó su lugar.

En las faldas del Quehuar, los niños leen y cuentan historias pegados al fuego. Saltan, corren y respiran... Viven...abrazados por la madre tierra, y la joven maestra que alimenta sus sueños.

Artinta