XIX Festival de narración oral

Verano de cuento

Certamen de relato corto 2018

 
Un mundo de caretas
Un mundo igual a este, tan igual que es el mismo. En este mundo la gente vivía, trabajaba, se relacionaba igual que en nuestro mundo. Lo único distinto es que todas las personas portaban varias caretas o antifaces cual carnaval veneciano. Muchas caretas, una colocada encima de otra, infinitas caretas que parecían no acabar.

La gente se sentía refugiada mirando a través de las rendijas de estas, se sentían seguros. Pero no eran conscientes de lo que miraban en los rostros de los demás era simple papel cuché. Se alegraban si alguien portaba una careta sonriente, se apenaban si adivinaban una figura triste, temían las formas demoníacas y sentían amor por las bellas caras de cerámica.

Un día un habitante se despertó como todos los días. Se duchó, desayunó su típico café con tostadas y cuando quiso salir antes de terminar de vestirse, como siempre se miró al espejo para ver el reflejo de la última careta que había destapado. No le gustó, como a veces le sucedía y se la quitó descubriendo una nueva. Normalmente no era muy exigente, quitando y descubriendo una, dos o como mucho hasta llegar a la quinta veía un reflejo para salir y mostrarlo al mundo. Pero esta vez no fue así. No se dedicó sólo a mirar su apariencia, sino que pensó en mostrar como se sentía, como el creía que se veía así mismo. Así que buscando una careta que le diera su identidad empezó a quitarse caretas.

Salió una muy alegre, con unos rasgos que marcaban una felicidad infinita. No le convenció pues aunque se sabía alegre, también entendía que su vida no siempre era felicidad. Luego apareció una careta terrorífica que a cualquiera le daría miedo, alguna vez había salido con alguna parecida, pero se conocía benévolo e incluso a él le aterrorizaba este rostro. Después una hermosa careta, que mostraba una belleza impía, admirable, que hasta le enamoró, pero le costó verse portador de esa perfección.

Así ya furioso sin ver un rostro que le agradara quitó careta tras careta, antifaz tras antifaz, hasta que de repente tiró de la última y le dolió. Esta no se venía en su mano, no tenía esa goma que rodea la cabeza, se miró al espejo y no le gustó. Se la intentó quitar con brusquedad, no entendía nada, pero ese rostro no salía de su cara. Intentó mojarla desesperado, intentando que se deshiciera pero con pésimo resultado, eso sí, sintió por primera vez el agua en su cara. Eso le hizo sonreír, se miró de nuevo en el espejo y vio que su rostro alegre no era tan odioso y extrañado comprendió que era dueño de él. Rió más, exageradamente, no le gustó tanto su reflejo pero no podía parar de reír. Subió una ceja y vio como su rostro cambiaba, subió las dos, saco la lengua, hinchó los cachetes, curvó sus labios como un puente y se sorprendió de su poder con su nueva tez.

Se volvió a mirar serio, no muy serio tampoco, también algo extrañado por su cambiante careta que mostraba todos sus sentimientos. Miró el reloj y se percató que llegaba tarde. Se vistió y salió a la calle apresurado sin darse cuenta de que salía sin careta.

Por las escaleras no se cruzó a nadie, tampoco en el portal, pero cuando llegó a la calle había cuatro personas que le miraron: un rosto de niño,
una bella dama, una faz de nariz larga e intimidante y una grotesca cara. Él enseguida pensó con cara había salido de casa para enfrentarse a ese encuentro y rápidamente fue consciente de que no sabía que rostro estaba mostrando, aún no lo controlaba, quizás una apariencia nerviosa y apurada por la prisa.

Al doblar la esquina más encuentros, cientos de rostros inertes le miraban, él no sabía como actuar. Le dio miedo al principio, luego intentó defenderse poniendo el rostro más amenazador que pudo frunciendo el ceño hasta que los párpados le dolieron. Así asustó a algunos que huyeron, otros con diversos aspectos en cambio le miraron fijamente, sorprendidos por esa apariencia cambiante. Esto le asustó, nunca antes habían reparado tanto en él.

Huyó de allí, corrió sorteando todas esas facciones diversas y de colores variados, hasta que se vio a salvo dentro de un portal. Nervioso respiró, se sentía sólo. Miró a través del cristal por si alguno de los que huía seguía fuera. Estaba vacío el trozo de calle que veía, mirando a través del cristal adivinó de nuevo su cara. Se asustó, no la recordaba así, desesperó de nuevo y se alejó.

Al rato, tímidamente y sin temor se asomó de nuevo a su reflejo, así mismo. Y como un juego cambio su rostro, jugó con su cara, con sus sentimientos. Descubrió que si estaba tranquilo este permanecía inerte, sólo mirándole, serio. Clavó sus ojos en el de su reflejo y vio unos ojos hermosos. Cuando se fijó sólo en su nariz le pareció enorme y bruta y cuando se centró en sus orejas las adivinó de soplillo. Pero si miraba en conjunto su rostro era hermoso, quizás no el más que había portado desde entonces, pero se empezó a sentir cómodo con él.

Así que salió de su escondite y caminó, se cruzó una cara sonriente y le devolvió la sonrisa, pero una sonrisa sincera que el que la recibió tuvo que detectarla mejor que la suya, pues de golpe se quitó esa careta sin saber que mostraba después una cara enjuta y fea. A una demoníaca, luego de su expresión inevitable de miedo, le dedicó una mirada seria y esquiva, lo que hizo que este también se quitara de golpe la careta al ver esa extraña reacción. Así a su paso cara persona que se cruzaba se quitaba caretas ante él, hasta que empezó ha haber más gente sin caretas, con rostros cambiantes que hacían el mismo efecto en los demás, como si de un virus se tratara. En pocos días, sólo quedaban caretas por el suelo, un desconcierto total de rostros de carne.

Con el tiempo la vida siguió y muchos habitantes de este mundo cogieron una careta, la mejor que vieron en el suelo y más le gustaba para seguir su vida. Otros en cambio se pusieron la primera que vieron y guardaron muchas más para poder cambiarse como habían hecho hasta ahora. Pero una parte analizaron su rostro y aunque no era el mejor, pues era cambiante acorde con sus sentimientos, lo acogieron como propio y aprendieron a vivir con su reflejo real.
Antonio Hermida Martín